Una de las principales razones por las que los individuos dejan de evolucionar y crecer en las organizaciones y en la vida está íntimamente atada al paradigma que construyen de sí mismos o del límite al que podrían llegar en su desarrollo. Nuestra restringida capacidad para percibir lo que podemos y lo que no podemos hacer nos lleva generalmente a una hipervaloración de nuestra capacidad o, en la mayor parte de las veces, a una desvalorización del talento que somos capaces de desplegar.
Nuestra cultura está basada en la comparación y permanentemente asistimos a la idealización de los talentosos o a su pulverización frente a alguien que se supone que en el pasado ha logrado mayores éxitos. La comparación contiene el irrefrenable miedo a la falta de límites. Pensar que el desarrollo puede ser ilimitado genera una sensación de omnipotencia por un lado y de ausencia de satisfacción por otro. Nuestro modelo cultural premia el “haber llegado”, mucho más que el proceso permanente de buscar mejores desempeños.
Ser el mejor y no SER MEJOR pareciera ser la meta de un modelo cultural que jerarquiza la dificultad para ser alcanzada más que por el placer, por la mejora continua en el aprendizaje de una destreza. Los equipos genuinamente ganadores han logrado desprenderse del límite que impone EL MEJOR para buscar la sana competencia de MEJORAR. Este modelo implica la satisfacción permanente por lo logrado y el enorme placer por lo superado en una espiral ilimitada donde reeditar lo bien realizado es suficiente, sin necesitar la frustración como motor para el crecimiento.
Hemos aprendido mucho más a empujarnos desde la pobreza que a apalancarnos en la riqueza para la búsqueda de la excelencia. Este modelo solo convierte el estímulo en esfuerzo y el intento en una nueva frustración en vez de una edición más en la búsqueda de la mejoría. Ser mejor es la única posibilidad de llegar causalmente a ser EL MEJOR.








